Primer Centenario de la Asociación de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental

CAPÍTULO 7

En 1867 se clausuraron todas las Escuelas Superiores de Ingenieros Industriales, incluido el Real Instituto Industrial de Madrid, con la excepción de la Escuela de Barcelona que es la única que permanece abierta desde su creación hasta la actualidad. Esa clausura generalizada fue debida, acaso, a que no se alcanzó la masa crítica de ingenieros que el país necesitaba, y antecede en meses a la caída del régimen de Isabel II. Es un índice del fin de una época.
La pervivencia de la Escuela de Barcelona se debe al envidiable soporte que encontró en las autoridades provinciales y locales, defensoras de la incipiente industrialización, y del que carecieron el resto de las Escuelas. En este sentido cabe destacar la decisiva intervención de la Diputación y el Ayuntamiento, junto con la Junta de Comercio. Por otra parte, en 1898 se crea la Escuela de Bilbao, a iniciativa de la Diputación de Vizcaya, al calor de la naciente metalurgia vasca. Las dos Escuelas de Barcelona y Bilbao comparten los inicios de la incorporación de España a la Revolución industrial, aunque lo hicieran con muchas limitaciones y beneficiándose de la discriminadora política comercial proteccionista de la economía española.
En 1902 se vuelve a crear la de Madrid, aunque no logra plena implantación hasta años después. La de Sevilla no reaparecerá hasta 1963, y a partir de entonces se fundan Escuelas en la práctica totalidad de las universidades españolas.

Manuel Velasco de Pando

Durante la primera mitad del siglo XX despunta en Sevilla el ingeniero industrial Manuel Velasco de Pando, que es representativo del papel de los ingenieros en esos tiempos. Nació en Sevilla el 24 de abril de 1888. Estudió en la escuela de Bilbao obteniendo el mayor número de sobresalientes hasta entonces conseguidos por un alumno en esa escuela. Sus trabajos se centran sobre acumuladores eléctricos y el motor de explosión. Fue Ingeniero Director y accionista de la sociedad “Pando Rodríguez y cía. Fábrica de San Clemente”. Desde esta empresa contribuyó a la mecanización de las industrias aceitera y vinícola. Sucedió a Manjarrez como Presidente de la Asociación de Ingenieros Industriales de Andalucía, entre los años 1918-1924. También fue Presidente del Consejo Superior de Industrias y del Instituto de Cálculo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Recibió numerosas distinciones, entre otras la Encomienda de Alfonso XII, y fue laureado por el Instituto de Ingenieros Civiles en 1914. Es significativo de la sólida formación científica de los ingenieros, y de su papel capital en la introducción de la ciencia en España, que se atribuyan a este ingeniero las primeras lecciones pronunciadas en Sevilla sobre la teoría de la relatividad, a principios de los años veinte.
A partir de 1866 las Escuelas de ingenieros se denominaron Escuelas Especiales. La autonomía de estas Escuelas se mantuvo hasta que en 1957 se promulgó la Ley de Reforma de las Enseñanzas Técnicas, reformada a su vez en 1964, con la que se produjo una significativa innovación en la formación de los correspondientes profesionales. Entre otras cosas se pretendía, además de continuar con el ingeniero tradicional, con todas sus atribuciones y competencias, fomentar un nuevo tipo de ingeniero capacitado para llevar a cabo tareas de investigación, por lo que se estableció el título de Doctor Ingeniero, hasta entonces inexistente.
La ley de 1957 influyó de forma radical en los centros de enseñanza técnica que pasaron de estar adscritos a los ministerios para los que suministraban funcionarios para sus cuerpos técnicos a incorporarse todas ellas al Ministerio de Educación, aunque conservando una Dirección General de Enseñanzas Técnicas independiente de la Dirección General de Universidades. Esta situación se prolongó unos pocos años, hasta que en 1964 desapareció esa Dirección General exclusiva para las enseñanzas técnicas, que se incorporaron a la de Universidades.
Como consecuencia de ello las Escuelas, que pasaron a denominarse Escuelas Técnicas Superiores de Ingenieros, se integraron en universidades convencionales (literarias se llamaban algunas de ellas) aunque subsistieron islotes privilegiados en aquellas Comunidades Autónomas en las que las correspondientes autoridades autonómicas fueron lo suficientemente lúcidas para entender las peculiaridades de las enseñanzas técnicas y la imperiosa necesidad de mantener sus rasgos característicos para fomentar el desarrollo económico, y en consecuencia crearon Universidades Politécnicas en las que se integraron las Escuelas con un régimen adecuado para alcanzar sus valiosos objetivos de forma óptima. En efecto, la ley General de Educación de 1970 creó las Universidades Politécnicas de Madrid, de Valencia y de Cataluña (¿hubiese sido concebible que Madrid o Cataluña no dispusieran de una universidad politécnica? Valencia se adhirió enseguida, como quiso hacerlo Sevilla, que, sin embargo, no lo consiguió. El resultado está a la vista si se compara la Politécnica de Valencia con los centros andaluces de enseñanzas técnicas, especialmente el de Sevilla).