Primer Centenario de la Asociación de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental

CAPÍTULO 1

Los ingenieros, pese a nuestro indudable éxito profesional, no nos hemos ocupado con la suficiente intensidad de cuidar nuestra imagen en el mundo intelectual, en el que, mucho que nos pese, se forjan las ideas con las que se rige la sociedad, y en particular con las que nos juzgan los demás. Nuestra imagen ha quedado reducida a determinados estereotipos, que las más de las veces no nos favorecen. Y así no hemos propiciado, e incluso hemos desdeñado, reflexiones sobre la historia de nuestra profesión, su papel en el cuerpo social, los rasgos específicos que la definen, además hemos descuidado la vigilancia de esos rasgos definitorios frente a otras profesiones que si lo han hecho, en algunos casos con gran éxito, como el derecho, la medicina, la arquitectura y, en decenios recientes, los economistas, entre otras muchas.
Cuando indagamos sobre las raíces de nuestra profesión hay que remontarse a los de la misma humanidad, hace unos dos millones de años en el momento en que se produce la aparición del género Homo. Los paleoantropólogos asocian esta aparición a la presencia de productos líticos, producto de una técnica originaria, junto con restos óseos de nuestros ancestros. De este modo, lo humano aparece indisociablemente ligado a la técnica. No existen seres humanos sin ella. Puede haberlos, sin instituciones jurídicas, incluso sin medios urbanos, pero no sin ella. La técnica es la forma primigenia de la cultura. Con ella hemos erigido el complejo mundo artificial en el que nos desenvolvemos, y sin el que la vida, tal como hoy la entendemos, sería inconcebible. El conjunto de las actividades técnicas conforman el ubicuo mundo artificial, y componen una vasta cordillera en cuyas cimas emerge la ingeniería.
La técnica ancestral, que ha ido evolucionando con nuestro género, fue adquiriendo progresivamente complejidad hasta producirse una transición desde una técnica básicamente artesanal, poco más que unipersonal, hasta una forma de llevarla a cabo que requería la coordinación de muchos agentes con un objetivo común. Esta última forma es la que se manifiesta en las grandes obras civiles de la antigüedad, desde monumentos hasta obras públicas. Para estas realizaciones técnicas se requiere una idea inicial, un proyecto, una planificación y una ejecución coordinada, actividades en las que se apunta la figura de lo que será el ingeniero. Cuando se va a Antequera, y se contemplan los impresionantes dólmenes de Menga, uno no puede menos que quedar maravillado por esa arcaica obra de ingeniería. Y así sucede con todas las obras del mundo antiguo cuyos restos aún nos deslumbran y fascinan.

Imagen de Agustín de Betancourt

Agustín de Betancourt

Los ingenieros se dedicaban hace un par de milenios a realizar las obras del mundo antiguo. Con la Revolución industrial, el trabajo del ingeniero sufriría una ampliación radical y la ingeniería en sí empezaría a complementarse.
La ingeniería española se hereda directa de la Ilustración. Los pioneros de la ingeniería española fueron Agustín de Betancourt y Juan López de Peñalver, aunque la posterior industrialización llegó de la mano de ingenieros traídos de fuera.
Los ingenieros, a veces fundidos con los arquitectos, se han dedicado, durante un par de milenios, a este tipo de construcciones. Pero a partir del siglo XVIII, con la Revolución industrial, se produce una radical ampliación del dominio que había sido hasta entonces propio de los ingenieros. Aparecen las factorías, que desbordan el ámbito limitado del taller artesanal, y se constituyen en grandes centros de producción para cuya gestión se requiere una forma de ingeniero que complementa al hasta entonces existente dedicado, como se acaba de recordar, a las obras civiles. Este ingeniero dará lugar al ingeniero industrial. Pero vayamos por partes.
Algo análogo sucede con la aparición del ingeniero agrónomo, forma tardía de la presencia de la ingeniería en un ámbito de la técnica que se remonta a los orígenes de la civilización, con la aparición de la agricultura en la revolución neolítica, que es esencialmente una revolución técnica. La ingeniería agronómica surge cuando las explotaciones agrarias dejan de ser básicamente de subsistencia familiar, y hay que gestionar grandes explotaciones agrarias con destino a un amplio mercado. Esto se produce también en el siglo XVIII.
Ese siglo fue especialmente decisivo en la génesis de la moderna civilización, y con ella de los actuales ingenieros. En él se afianza una profunda inflexión en todos los ámbitos del pensamiento, de la organización social y de la producción de bienes y servicios. Es la época de la Ilustración, o Siglo de las Luces, en cuyos orígenes juega un papel determinante la Revolución industrial, que se desencadena en las Islas Británicas, en un principio en torno a máquinas textiles y a la máquina de vapor. Con ella se abre a los ingenieros un campo de actividad hasta entonces desconocido: el de la producción en masa de bienes para la sociedad.