Primer Centenario de la Asociación de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 4

La adaptación de los procedimientos modernos de fabricación a las materias primas españolas (carbones, menas metálicas, etc.) necesitaba de ingenieros preparados, cuestión que se resolvía, como se está viendo, con el recurso a empresas o mano de obra especializada foránea. De hecho, la solución provisional consistió en emplear técnicos extranjeros, al tiempo que las familias pudientes mandaban a sus allegados a Escuelas de ingenieros nacionales (de Minas en Madrid, o Industriales en Barcelona) y extranjeras (belgas o francesas, principalmente).
El modelo francés de ingeniero surge, como ya se indicado, para formar cuerpos de élite al servicio de la administración pública. Pero pronto se percibe la necesidad de que junto a ese tipo de ingeniero, se promueva otro cuya misión sea principalmente el servicio a la industria, sea pública o privada. En España, este último tipo de ingeniero da lugar al ingeniero industrial que se crea siguiendo también el modelo francés de la École Centrale d’Arts et Métiers. Ese título se crea en 1850 (R. D. de Seijas Lozano, de 4 de septiembre) y tiene características radicalmente distintas al resto de las ingenierías entonces en vigor en España, que estaban especialmente orientadas a componer cuerpos de la Administración. Además, se implanta de forma descentralizada, con varios centros en todo el país (Madrid, Barcelona, Gijón, Sevilla, Valencia y Vergara).
Conviene matizar que en su fundación el título tiene una enseñanza cíclica más cercana al modelo prusiano del momento que al propiamente francés. Según el Real Decreto por el que se funda, en primer lugar se procede a comenzar «por formar el operario, para acabar por ofrecer a las artes el hombre científico que las eleva a su mayor altura». Se organiza en tres niveles, y el intermedio o de ampliación (tres cursos académicos) permitía recibir el título de profesor industrial. Tras un cuarto año los alumnos obtenían el de Ingeniero mecánico de segunda clase o el de Ingeniero químico de segunda clase (las dos especialidades que entonces tenía la carrera). En el Decreto fundacional se ensalza la demanda de ingenieros necesarios para el pretendido porvenir industrial español, en particular se alude a la necesidad de «perfectos químicos y hábiles mecánicos». Por fin, «el que obtuviese ambos se denominaría Ingeniero industrial de segunda clase». Sin embargo esta ciclicidad se abandona muy pronto y el modelo francés se refuerza.
Al crearse la carrera, el nivel superior sólo se cursaba en Madrid, en el Real Instituto Industrial, donde se obtenían los títulos de ingeniero de primera clase. Los primeros años las Escuelas de Barcelona, Sevilla y Vergara eran sólo de ampliación, pero esto cambió con la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano. A partir de esa Ley el título de ingeniero industrial ya se pudo obtener en todas las Escuelas españolas.

Cipriano Segundo Montesino y Estrada

En la génesis del Instituto madrileño destacan las figuras de Joaquín Alfonso, Cipriano Segundo Montesino y Estrada, y Eduardo Rodríguez que estudiaron en la École Centrale de Paris a mediados de los años treinta, todos ellos liberales más o menos radicales que buscaron cobijo en París durante la década ominosa. Montesino es un personaje especialmente notable pues fue duque de la Victoria, heredero del general Espartero, por estar casado con una sobrina de éste. Sus campos de actividad fueron muy variados, pues por una parte tuvo una intervención decisiva en la introducción del ferrocarril en España; y, por otra, fue Académico Fundador de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de la que llegó a ser presidente.